La mejor forma de agradecerles a los museos todo lo que me han dado (arte, entretenimiento, emociones, luz, inspiración…) es a través de mi tercera novela, que en breve será publicada.

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Os adelanto un fragmento:

La mayoría de las personas poseen escasa imaginación. Todo lo que no se les muestra enfrente de sus narices les es indiferente. Sin embargo, hay una minoría de hombres y mujeres que son apasionadamente curiosos, que descubren verdaderas maravillas dentro de los actos más simples.

Así ocurre esta vez entre los cientos de personas que aquel día están visitando el recién inaugurado museo Centre Pompidou en Málaga. Briana, una joven de singular belleza, contempla ensimismada el performance, que se proyecta en una pantalla, de la escultora israelí Sigalit Landau. No la deja indiferente la imagen que está viendo, el cuerpo desnudo de una mujer que se cimbrea rítmicamente para no dejar caer un hula-hop de púas. Lo que para los demás visitantes es impactante, para ella es grácil, sublime e hipnótico. La artista denomina a su obra Barbed Hula. La joven considera que bien podría llamarse El hula-hop de Briana.

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«El performance sería perfecto si el alambre que utiliza Sigalit estuviera formado por trozos de la alambrada del campo de concentración nazi de Amersfoort, en Holanda, pero no lo creo. Es imposible porque la filmación es del dos mil y el alambre, creo recordar, lo pusieron a la venta el dos mil once o dos mil doce, con la intención de recaudar dinero para el mantenimiento de las instalaciones» —cavila para sí misma, Briana.

La fragilidad de la piel desnuda de la artista israelí se manifiesta a través de las heridas que le provoca el alambre. La proyección sin fin alarga lo que para casi todo el mundo, menos para Briana, sería una tortura. La joven percibe esas imágenes con una visión muy distinta, la del creativo juego de la artista que quiere despistar al espectador, al que engaña vilmente para que crea que está llevando al límite su cuerpo. Pero no es así porque, de hecho, el espino del alambre se orienta hacia el exterior para que las heridas no sean tan graves.

«¿Cuántos de los miles o millones de personas que hayan visto este video, o lo vean en el futuro, se darán cuenta de ese guiño tan sumamente estudiado antes de apartar angustiados o asqueados la mirada?» —Se pregunta, enmarcando sus labios con una leve sonrisa.

Lee en el cartelito informativo, que hay sujeto a la pared, que la polifacética escultora quiere simbolizar con su obra la situación política que sufren Israel y Palestina. Representar hasta qué punto luchan estos pueblos sin piedad, mientras sus vidas quedan marcadas por el dolor y la sangre.

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La reprimenda de una madre a su hija, de no más de diez años, que intenta alejar de la pantalla, sin mucho éxito, a la inocente criatura que observa tan absorta como Briana el performance, trae de vuelta de sus reflexiones a la joven.

«Debo darme prisa si quiero ver el resto de la exposición porque si no, no llego a la reserva del restaurante a la hora en la que he quedado con Edith y Arantxa para almorzar y despedirnos» —se recrimina apurada.

 

 

 

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