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Una nueva estación acaba de entrar, el otoño, y los engranajes sociales siguen moviéndose a un ritmo infernal, así que para mantener un efímero equilibrio tenemos que seguir el compás y adaptarnos a lo que el discurrir vivencial y temporal nos imponga. En casa hablamos del inicio de un año nuevo por partida doble: el día uno de septiembre porque comienza el calendario escolar, ya que Jorge y yo somos profesores, y el día uno de enero, obviamente.

Así que mis propósitos para el curso 2014/2015 son los siguientes:

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Primer propósito: «Comer mejor», por lo que voy a tener que esmerarme en hacer una compra más sana y en cocinar con más ganas y maestría. ¡Me está dando una pereza nada más que de pensarlo! En que lío me voy a meter…, pero es muy necesario y más desde la anécdota que me ocurrió con Laia, mi amiga Lidia (vecina y cuidadora ocasional de Dalia, la hija de mi amiga Sofía) y Dalia en una Pizzería. Mientras esperábamos a que el camarero nos trajese lo que habíamos pedido Lidia les preguntó a las niñas cual era su comida favorita. No recuerdo lo que contestó Dalia, pero será difícil que olvide lo que respondió Laia.

  • Mi comida favorita es la lasaña que hace Sofía —dijo Laia sin dudarlo ni un segundo.
  • ¿Y tu segunda comida favorita? —Volvió a preguntar Lidia un poco azorada por la espontánea respuesta de Laia.
  • Mi segunda comida favorita la pizza que hace Sofía —soltó, sin mas, Laia.
  • Bueno, ¿y tu tercera comida preferida? —Insistió Lidia.
  • Las albóndigas que hace la abuela de Dalia.
  • Ya, pero… ¿tu cuarta comida favorita? —Lidia intentaba por todos los medios arreglar aquel embarazoso momento, aunque por mucho que lo pretendiera… Laia volvió a rematar la faena con la sinceridad innata que la caracteriza.
  • ¡La carne con patatas, tan rica, que haces tú, Lidia!

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Mi amiga me miró de reojo y suspiró aliviada cuando el camarero se acercó con las bebidas y un platito de aceitunas y yo, como si no hubiese escuchado nada, seguí con mi cara de póker y comencé una conversación intrascendental. En fin… tengo que intentarlo, porque sí mi hija va por ahí alabando como cocinan las vecinas y ni siquiera menciona mi especialidad, la tortilla de patatas con cebolla, es que en casa tenemos un pequeño problemilla de alimentación. ¿Seré capaz de resistirme de llenar el carrito de la compra de los platos precocinados del Mercadona?

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Segundo propósito: «Acudir a revisiones médicas». ¡Joder, esto sí que me va a costar! Ya, ya sé que la salud es lo primero, pero me da una «grima» ir al médico cuando me encuentro mal o cuando es totalmente necesario hacerme alguna revisión. Jorge es el que está detrás de mí, como leal pepito grillo, embroncándome sí me automedico o sí voy dejando pasar el tiempo de enfrentarme a ese temido análisis o mamografía. Hablando de mamografías, no hay nada más desagradable que hacerse una de estas. Todavía me estremezco cuando recuerdo como me aplastaron mis queridas tetas en la primera y última mamografía que espero hacerme en la vida. ¿Quién coño habrá inventado esa máquina de tortura? El tecnólogo radiológico que me la hizo me dijo que no me preocupase, que no era nada, que solo iba a oprimirme un poco el pecho. ¡La madre que lo pario! No habrá una próxima vez, pero sí la hubiese y ese graciosillo está por allí le voy a decir que porqué no pone él el pene en la plataforma y ya le doy yo al botoncito. Anda qué… ¿voy o no voy a proponerme lo de las revisiones? ¡Vale! Sí, lo haré, aunque me cueste la misma vida.

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Tercer y último propósito, tampoco es cuestión de hacerme una lista interminable que luego no sea capaz de llevar a cabo: «dejar de preocuparme por la gente que no se preocupa por mí», el tiempo es muy importante y no puedo perderlo, como lo he hecho hasta ahora, con gente egoísta que sólo se mira su propio ombligo y cree que los demás no tenemos problemas o agobios. A partir de ahora pensaré solo en aquellos que siempre han estado ahí, para las duras y las maduras, en mi familia y en mí.

Está muy bien eso de ser solidario e, incluso, es necesario seguir siéndolo con aquellos que realmente lo necesitan, pero no con los que van de víctimas por la vida, con los que no ven más allá de sus errores u logros, o, con los que no se detienen nunca a escuchar a los demás porque no paran de hablar de sí mismos. Estoy un poco aburrida de este tipo de personas porque al final siempre recurren a temas poco interesantes para los demás; al critiqueo más rancio, etc. ¡Abajo con la cháchara de los pesados! ¡Arriba con las conversaciones que aportan algo a los interlocutores que interactúen en ellas!

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Ayer mismo una amiga que ha pasado de los 80 años me contó que había dejado de frecuentar a cierto grupo de chicas, cuarenta años más jóvenes que ella, porque estaba harta de enterarse cada día de lo que estas iban a cocinar, los ingredientes que le iban a echar a la comida y las rocambolescas películas que se montaban para ahorrarse unos céntimos en la cesta de la compra. Si el hilo conversacional no iba por lo derroteros anteriormente mencionado… se trasladaba a sí las caquitas y los mocos de sus retoños eran marrones o verdes. Por otro lado, comentó escandalizada que muchas de ellas no sabían quién era Stendhal, no mostraban interés por las noticias de la actualidad y que, incluso, una de ellas había preguntado, en una conversación en la que se pronunció ese término, que qué era una elipse.

El escritor puertorriqueño Edgardo Sanabria Santaliz ilustró magistralmente en su relato Cháchara, que forma parte de la colección de cuentos titulados Delfia, este tipo de personas. El protagonista del relato encuentra su infierno particular en el gallinero donde queda atrapado (por toda la eternidad), mientras una señora parlanchina lo martiriza con su parloteo incesante.

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Ese tipo de cháchara también se da en los grupos de whatsapp donde la gente encuentra una válvula de escape para desahogar y compartir alegrías, penas, logros, fracasos, miserias y bonazas. Vano intento de buscar intimidad y fraternidad en una aplicación de conversación a través de mensajes; donde hay que estar muy atento para adivinar las intenciones del otro; donde nada es lo que parece; donde se esfuman miembros del chat sin despedirse y sin añadir nada al tema que se está tratando, etc. Magistral la radiografía social que hacen los de Yorokobu sobre la utilización de los whatsapp http://www.yorokobu.es/madres-whatsapperas, ja, ja, ja, no tiene desperdicio. Me he hartado de reír leyéndola.

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Al final, el valor de esta herramienta de comunicación e interacción social es bastante difusa. Nos debemos quedar con que su único atractivo e importancia radica en la rapidez con la que podemos comunicarnos. Sigo pensando que en cualquier conversación de enjundia o, no, es fundamental verle la cara a la otra persona; descifrar lo que sus gestos nos quieren transmitir; estar atentos a la entonación con la que se expresa y no rehuir el contacto de unos ojos y el leve roce de una caricia que, a veces, transmiten mucho más que las palabras.

Si partimos de la premisa de que no conocemos realmente a nuestros vecinos, que no llegamos a vislumbrar ni remotamente «del pie del que cojean» y que ni aún con el contacto diario podemos estar seguros del tipo de personas que son los individuos con los que nos relacionamos… Debemos ser conscientes de que maltratadores, ladrones, psicópatas, acosadores sexuales, infieles patológicos, violadores, asesinos, etc., reflejan su mejor cara en todos los ámbitos sociales. Así que, sí creemos que los tenemos «fichados» por lo que conocemos de estos a través de las distintas redes sociales o aplicaciones de mensajería… nos engañamos como se engaña a los niños que están en edad de amamantar.

En la Red, todo y cada uno de nosotros, solemos mostrar grandes sonrisas y poses estudiadas, retocamos mentiras para convertirlas en verdades.

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Cookies Girls disfrutad del otoño y empezad a proponeros nuevos retos que copen, totalmente, vuestros sueños más disparatados.

 

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