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¿De dónde provienen los etéreos suspiros que trae hacia mí la leve brisa nocturna?

Presto atención y conduzco mis pasos al seto más recóndito del parque, el que está cerca del templete que utilizan los enamorados para disfrutar de su pasión. Parapetado tras él e intentando ser tan silencioso como un depredador nocturno, sería molesto que me descubrieran fisgoneando, vislumbro una bellísima escena en este templo del placer. Cuadro digno de un bucólico harén de huríes: tres jóvenes doncellas, desnudas, se regocijan encima de una alfombra refulgente como las estrellas que las contemplan. Los largos cabellos rubios, negros y pelirrojos se enredan en los esbeltos cuerpos de alabastro. Las mejillas rosáceas delatan el goce inocente, a la vez que prohibido, de las caricias sombreadas. La destreza de sus movimientos fascinaría al más aventajado de los amantes.

Saciada mi curiosidad…, me alejo con pasos quedos por no turbar sus juegos, llevando tatuadas, en las retinas y en la piel, las imágenes que me han regalado esta noche mis benévolos hados.

Que sigan con los dulces esparcimientos lógicos y añejos de doncellas enclaustradas en corsés opresivos.

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