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El golpeteo de las gotas de lluvia en el cristal me hace retroceder en el tiempo hasta aquella tarde en la que me encontraba sentado en mi butaca preferida frente a la ventana del salón. La banda sonora de Gattaca, compuesta por Michael Nyman, envolvía el ensimismamiento propio de un momento como aquel. Disfrutaba de la única compañía de una copa de Merlot, deleitándome con su intenso color rubí y paladeándola con el convencimiento de que ésta no sería la última que me bebería ese día

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La placidez del momento no la rompió ningún trueno, ni la interrupción desafortunada de algún visitante, sino cierta algarabía que provenía de la calle. Me levanté del sillón y me acerqué a la ventana donde pude contemplar una bella estampa: Arancha, Mery y Nancy, las vecinas estudiantes que vivían de alquiler en el adosado de al lado, estaban chapoteando alegres en el barrizal que se había formado en la calle. Tal cual pajarillos que gorgojean felices y libres entre los nenúfares de las fuentes de los parques…, así iban ellas, de charco en charco, bailando, salpicándose y alzando los brazos y los rostros hacía el cielo para intentar alcanzar más rápidamente la llovizna que se deslizaba por sus hermosos y esculpidos cuerpos. Vestían minúsculos bikinis que no dejaban mucho a la imaginación. Parecían, con sus juegos, un remolino de hojas peleando con el viento.

Me excité. No me considero un viejo verde pero… el morbo de ver a esas chicas mojadas, con los pies sucios de barro, calientes por el esfuerzo físico que estaban realizando, excitadas por el contacto de sus cuerpos cuando se abrazaban, voluptuosas…

Imaginé que estaba en el palco de un teatro en el que yo era el único invitado a la obra que se representaba y me sentí el hombre más poderoso y afortunado del universo. Sin embargo, acabé cerrando furioso las cortinas cuando los claxon de los coches que circulaban por la carretera empezaron a pitar estrepitosamente. Yo no era el único que contemplaba, aquella tarde, a las hermosas jóvenes disfrutar de la lluvia. Imagino que tampoco fui el único que se enardeció… Un espectador más de las decenas o cientos que las contemplaron.

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Sólo estuvieron unos cuantos meses más por el barrio, pues se marcharon al acabar los exámenes de junio y muchos otros inquilinos han pasado por la vivienda de al lado. Aún así…, a partir de entonces…, la lluvia siempre me recuerda aquella inesperada escena.

 

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