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Ir de vez en cuando al pueblo donde una se crió es necesario, porque no hay otro lugar en el mundo en el que se sea más auténtico. Allí, no te ven como la profesional con éxito o la amargada a la que no le gusta su trabajo, ni como la madre estresada que va corriendo a todos lados o la «mala madre» que no educa convencionalmente a sus retoños. Menos aún como la esposa de tal o cual, sino que para los conciudadanos con los que te criaste eres la hija de mengano o fulano; aquella que a los siete años se rompió un diente al soltarse el columpio, de la encina centenaria de la plaza, hecho con una rueda de camión desechada; la niña desgarbada que se ha convertido en toda una belleza; la adolescente que tuvo hepatitis y se tiró casi dos meses en cama; la que recibió su primer beso a los catorce años, porque el truhán del hijo del panadero se lo robo a traición; la irresponsable que se emborrachó, mezclando varias bebidas alcohólicas hasta perder el conocimiento, y cuyos amigotes acabaron metiéndole la cabeza en el pilón de la plaza para que se le fuera la cogorza; la estudiante que dejó el pueblo para irse a la capital a hacer aquella carrera cuyo nombre hay que preguntarle cada vez que viene de vacaciones, porque es tan raro que nadie logra recordarlo; la que, como muchos jóvenes del pueblo, no regresa a la aldea nada más que en las vacaciones de Semana Santa, Navidad y verano, porque ha construido su nido en otros lares; la novia que lucía radiante el día en que se casó con aquel chico granadino tan guapetón; la madre primeriza y un pelín rarita, porque sólo ha tenido una hija y «pobrecita la niña que se va a quedar sola, ya podían darle un hermanito»; etc.

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Para ellos eres ese montón de recuerdos y pasajes, tan importantes, que han marcado tu vida. Son quienes te han visto evolucionar, los que te esperan siempre anhelando que les cuentes aquello que se han perdido por no estar a tu lado en el día a día. Les importas y te importan. Te quieren por lo que fuiste, por lo que has conseguido y te desean lo mejor para el futuro. Es difícil engañarlos o fingir que se es otra persona en su presencia ya que se darían cuenta de esa teatralidad, pues nadie mejor que ellos conocen nuestra verdadera identidad.

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Los jóvenes del pueblo estábamos deseando marcharnos de un ambiente que considerábamos opresivo, pero cuanto más mayores nos hacemos más valoramos la riqueza de nuestras raíces y mas respetamos a aquellas personas sabias de los terruños donde nos criamos. Además, ahora que somos padres queremos transmitir a nuestros hijos la sensación de pertenecer a una micro sociedad donde todo el mundo se conoce, se ayuda en momentos de crisis y, sí, también se cotillea, pero encuentro diferencias hasta en esa mala costumbre, porque al conocer todo de todos advertimos que la persona más cotilla del pueblo está muy sola, que la necesidad de interactuar con los demás hace que se inmiscuya en las vidas de sus vecinos. No por maldad sino por deseo de comunicación o, por lo menos, eso es lo que deseo creer.

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A nuestros hijos les asusta la naturalidad y las costumbres de estas personas. Sienten que se teletransportan a lugares extrañísimos, distintos a donde se han criado, pero con reticencias o no, también se enriquecen con la experiencias vividas en las esporádicas visitas al pueblo de sus antepasados.

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Laia huye aterrorizada cuando las viejas vecinas desdentadas y vestidas de negro la persiguen para darle la retahíla de besos sonoros que se estila por allí. Se encierra en la habitación horrorizada en la época de la matanza porque es incapaz de imaginar la muerte de cualquier ser vivo, por más que vea en los supermercados los filetes de lomo de cerdo o los pollos desplumados.

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Se sorprende de que aunque haya un parque en el pueblo la única niña que lo utiliza es ella porque todos los demás niños están correteando por las calles, sorteando a los vehículos que se encuentran en su camino y explorando por los cerros que circundan la aldea. Sin embargo, es feliz cuando las mismas viejecitas anteriormente mencionadas le hacen esos dulces tan buenísimos, que están para chuparse los dedos, y de los que no se harta de comer.

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O se pone las botas con un buen plato de migas acompañado de esas delicadeces de carne, pescado o fruta con las que las presenta la abuela. Por no hablar de que un pueblo es como un zoológico ya que en cada casa, en cada esquina y con cada paseo se pueden ver animales domésticos o no, aves, insectos, etc., o encontrarte cualquier cosa con la que alucinar y a la que Laia da el rango de tesoro.

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Cookies girls, si vosotras también habéis tenido la suerte de criaros en un pueblo y de sentir lo mismo que yo o, no, dejadme un comentario y podemos contrastar opiniones.

A las cosmopolitas les aconsejo que hagan un poco de turismo rural para que no se pierdan una experiencia que puede ser muy enriquecedora. MUAK

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