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Volver de un puente de cinco días, el de Andalucía, al trabajo causa más de un trastorno postvacacional. Se ha desconectado tanto durante estos días y se ve tan cerca la Semana Santa que cuesta volver a la rutina. Hoy mis compañeros de trabajo venían con ojeras de no haber podido dormir bien, pensando en la vuelta a la normalidad o por la euforia al recordar las imágenes que aún guardan en la retina del precioso viaje realizado. Éstos últimos, cuentan cada detalle con fervor si se les pregunta qué tal lo han pasado, intentan alargar las sensaciones y experiencias vividas. Reconozco que yo soy de los segundos, pues voy deambulando por los pasillos del edificio donde trabajo con una media sonrisa que refleja el ensimismamiento por mantener en mi memoria, frescos, los recuerdos de esos días de descanso.

Es muy interesante analizar lo que han hecho mis amigos y conocidos este periodo vacacional. Por ejemplo los solteros o los que viven en pareja, pero sin niños, han obstado por destinos fuera del país: Londres, Praga, Venecia, Ámsterdam, Marruecos y Brujas; las familias que tenemos hijos nos hemos decantado por destinos peninsulares, rurales o culturales; los que tienen a sus padres mayores han tenido que ir a cuidarlos o acompañarlos y, por último, aquellos que se han quedado en casa porque: están enfermos, no disponen de suficientes recursos para montarse una escapada o cargan con tantos problemas familiares que han tenido que quedarse en casa para intentar solucionarlos.

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Jorge, Laia y yo decidimos perdernos por la sierra de Grazalema y elegimos para hospedarnos un hotel rural encantador, el Hotel Rural los Pintores, cuyos dueños son dos pintores que han sabido combinar perfectamente su arte con el precioso paisaje de los alrededores. Después de dejar las maletas y descansar un rato, en la colorida y expositiva habitación, nos fuimos a visitar los alrededores de Grazalema. En Benamahona nos tropezamos con un lugar fantástico llamado el Museo del agua, que está ubicado en el antiguo molino del Nacimiento y cerca del río Majaceite. Toda la zona es preciosa pero lo más bonito fue sentarse en las piedras, en silencio, para escuchar el sonido del agua en el nacimiento del río. A Laia le entraron unas ganas tremendas de hacer pipí y fue divertidísimo ver lo urbanita que está hecha, pues no sabía ni como ponerse ni como hacerlo. Al final, lo consiguió, pero haceros una idea de como se puso los pantalones.

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La cena en Grazalema fue estupenda. Nos sorprendió a Jorge y a mí lo barato que es todo por esa zona. Siempre comíamos los tres magníficamente y por menos de veinte euros.

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Al día siguiente, tras un desayuno contundente en el hotel, nos fuimos sin más preámbulos a Júzcar, el pueblo de los pitufos, una localidad de Málaga que estaba a treinta minutos de nuestro alojamiento. Es bastante pintoresco porque tiene todas las casas pintadas de azul, incluso el Ayuntamiento y la Iglesia, y el pueblo entero se ha volcado para que los niños se queden embobados con todas las actividades que hay para ellos: talleres donde pintan las caras y las uñas de los niños u otros donde se decoran gorros pitufos; mercados donde encuentras productos alimenticios artesanales y chuches azules; monitores que entretienen a los «enanos» para que sus padres se «pitufeen una cerveza» acompañada de una «tapa pitufa»; decorados donde echarse fotos en familia con Gargamel o Pitufina, etc. Nos pasamos toda la mañana en esos menesteres y después de la «pitufarnos» una rica comida nos fuimos a Ronda que estaba apenas a veinte minutos de distancia.

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En Ronda hay tanto que ver y que hacer que la tarde se nos hizo cortísima. Primero fuimos a ver el Museo Lara que está ubicado en pleno casco antiguo de la ciudad, así que, tuvimos que pasar por el Puente Nuevo y nos quedamos sin aliento ante el Tajo de Ronda. ¡Abstenerse los que tengan fobia a las alturas! El museo también nos sorprendió gratamente, ya que pudimos disfrutar de un montón de salas por sólo ¡¡¡dos euros!!! Además, te dejan fotografíar todo lo que quieras.

         Relojes antiguos (S. XVIII).

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         Armas (S. XVII).

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         Instrumentos científicos.

         Arqueología.

         Bodega (S. XVIII).

         Colección de navajas y trabucos.

         Tauromaquia.

         Historia del cine y la fotografía.

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         Exposición de brujería.

         Exposición de la Santa Inquisición.

Después de disfrutar con todo ello, Laia, que se quedó con ganas de más, nos instó a que entrásemos en el Museo del Bandolero. Jorge y yo ya estábamos un poco saturados y logramos convencerla de que primero merendásemos. A regañadientes y protestando porque no hay nada que le guste más a esta niña que un museo, logramos arrastrarla hasta una cafetería encantadora donde nos tomamos unos chocolates calientes y unos gofres que nos sentaron de maravilla.

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El fenómeno social del bandolero es muy de Andalucía. El museo es pintoresco y didáctico a la vez. A Laia le encantó que hubiese una pequeña muestra de láminas del Bandolero de dibujos animados, que ella ve en televisión los fines de semana, y a nosotros las fotografías y demás que había sobre la serie Curro Jiménez. Como siempre…, desfase generacional, ja, ja, ja. En fin, primero visionamos un audiovisual sobre los bandoleros y después recorrimos las salas, donde curioseamos la historia de estos marginados a través de documentos, fotografías, datos personales y sucesos de cada uno de aquellos hombres que rondaron por la serranía de Málaga o alrededores.

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Cansaditos de tanta «cultura» dediquemos el resto de la tarde-noche a pasear por las calles de esta ciudad inolvidable, que como escribiera el poeta Rainer María Rilke: «He buscado por todas partes la ciudad soñada, y al fin la he encontrado en Ronda…» «No hay nada más inesperado en España que esta ciudad salvaje y montañera». Su luz, al atardecer, nos embrujó y nos hizo creer que paseábamos por una enigmática villa que flotaba entre las nubes.

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Cenamos en esta localidad, yendo de bar en bar, tomando contundentes y nutritivas tapas. Agotados, pero satisfechos de un día tan intenso, regresemos al hotel donde nos esperaban unas camas comodísimas y el acogedor ambiente de la estancia.

A la mañana siguiente hicimos las maletas pero no para marcharnos en seguida de la zona sino, porque teníamos que dejar el hotel. Continuamos disfrutando de esos paisajes tan espectaculares, de sus pueblos blancos, de su rica y baratísima gastronomía y de un enclave tan mágico que invita a la aventura.

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Toda una aventura fue nuestra siguiente excursión, pues nos decidimos por la visita a la Cueva de la Pileta que está situada en las afueras del pueblo de Benaoján. Es una cueva privada y tuvimos que pagar veinte y un euros, pero valió la pena porque es preciosa y se encuentra perfectamente conservada. El guía que nos iba explicando la historia de la cueva y las pinturas rupestres fue muy amable y simpático.

Ese día nos volvió a sorprender lo bien y lo asequible que resulta comer en la zona. Magnífico el restaurante La Maroma en Grazalema. La decoración del establecimiento hace referencia a la fiesta del toro e, incluso, en las mesas y las paredes tienen fotos de los camareros echándole «huevos» y poniéndose delante de los cuernos del animal, tal y como se hace cuando se corre delante del toro en las fiestas locales. Es pequeño, pero acogedor, las tapas y las raciones que ofertan están riquísimas. La relación calidad-precio es excelente y sabe mezclar la cocina tradicional con la más puntera innovación. Me encantaron sus bolsas paneras.

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Después de disfrutar de tantas cosas bonitas y de una gastronomía tan rica, ya de vuelta a nuestro lugar de residencia, paramos en el castillo de las Aguzaderas que en vez de estar situado en un altozano, como es característico en estas construcciones, está localizado en una hondonada. La edificación está datada en el siglo XIV y se considera más que castillo una atalaya o torre que servía de retaguardia táctica. Subir los escalones de las diferentes torres que la circunscriben nos causó a Jorge y a mí unas agujetas impresionantes. Sin embargo, Laia saltaba y brincaba como una cabra «payoya». Menos mal que todavía nos quedaban dos días de fiesta y pudimos recuperarnos, en casa, antes de la vuelta al trabajo.

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Han sido unas mini vacaciones tan intensas y relajantes que nos dio mucha pena que se terminasen, pero estamos tan contentos y con las pilas tan cargadas que podremos aguantar hasta las próximas, ¡la Semana Santa!

Cookies girls, ¡¡a viajar y a disfrutar haciéndolo!!

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