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Hoy es un día desapacible para mucha gente,  pues caen chaparrones de vez en cuando y hace frío, pero me encanta la sensación que produce esta atmósfera en mí. Me acurruco en el sofá con una manta ligera y suave, aunque tenga la chimenea encendida, me preparo un chocolate caliente, cojo un buen libro y con el ruido de las gotas contra el cristal puedo llegar a adormecerme. En esa agradable duermevela corretea mi imaginación creando pequeñas historias como éstas:

Trotamundo

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Un trotamundo, eso es lo que soy, que camina sin rumbo por la liviandad de tu esencia. Acaricio en mi vagabundeo tus labios escarchados por la miel rosácea que otros labios, cuan abejas, han dejado en ellos. Orado con mi lengua el realce de tus pezones en un moroso paseo. Dejo huellas en tu vientre de mi hálito y me alimento del olor que segrega el oasis de tu sexo. Descanso de la fatiga de este éxodo impuesto en la cámara nupcial que encierra las maravillas de la cueva de Alí Baba.

Adormecida

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La luz del atardecer se confunde con su melena rojiza pero no osa despertar su letargo. Yace desnuda, medio adormilada, encima de la ennoblecida toalla que la aísla de osados granos de arena. Boca abajo y con los ojos cerrados parece la diosa nórdica, de la belleza y el amor, Freya. Apenas sin moverse introduce una mano bajo su cuerpo y éste empieza a mecerse al ritmo de las olas, se sincroniza con ellas, gime con éstas, se disuelve como la espuma que es arrastrada a la orilla y gana la partida a los últimos rayos de sol.

Símbolos

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A él le gusta dibujarle, con la lengua, símbolos en el pubis rasurado. A veces es una estrella de seis puntas, otras la cruz gamada. Ella cierra los ojos, porque le hiere ver sus tatuajes, pero inconscientemente besa la piel donde éstos están. Él mira sus ojos negros y sabe que algún día se ahogará en ellos, pero no aparta la mirada.

Los cuerpos al abrazarse imprimen en la dermis del otro el sello de su raza. Las lenguas se buscan para no tener que pronunciar palabras, las manos apresan el pelo rubio del ario o los pechos de la hebrea y los emblemas se olvidan por la fuerza del deseo que combustiona y calcina sus genes.

Confesión

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La penitente, arrodillada, descarga su conciencia, revela sus secretos, reconoce su debilidad, rememora sus deseos y se avergüenza de los placeres prohibidos.
Él, la escucha deleitándose con la confesión. Siente la sugestión de los mensajes, el galanteo de los gestos, la excitación al visualizarse como el protagonista de encuentros furtivos en sábanas de seda negraEn su garganta se arrollan palabras envueltas en devoción, pero también henchidas de cólera, tristeza o desesperación, ya que no puede susurrarle su deseo de poseerla.
Ella, termina de hablar y guarda silencio.
Él, la absuelve y, suspira mientras la joven se incorpora y se aleja con paso seguro.

 ¡¡¡Soñad mucho cookies Girls!!!

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