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…, la lectura. Es muy difícil hacer una selección de los libros que han dejado huella en nuestra vida, sobre todo cuando se es una lectora empedernida. Aprendí a leer a los tres años en casa. Mi madre no tenía estudios, pero sabía leer y escribir y nos enseñó a todos sus hijos a hacerlo antes de que fuésemos al colegio. Después de cenar, una vez recogida la mesa, solía poner ante mí unas cartillas manoseadas que habían servido para mis tres hermanos mayores, servirían para mí y que también llegaría a utilizar mi hermano pequeño. Esta mujer incansable guardó durante años los cuadernos de lectura como si fuesen auténticos tesoros y, aunque llegaba agotada de estar todo el día trabajando en el campo y después tenía que realizar las tareas del hogar, con una paciencia infinita y con una gran sonrisa en los labios pasaba los dedos por aquellas palabras mágicas que nos enseñaba a deletrear. Recuerdo esas veladas con tanta claridad que debieron ser las más felices de mi infancia. Me sorprende que otras vivencias de esa época estén enterradas en lo más hondo de mi subconsciente y apenas si las vislumbre como a través de una neblina espesa que las desdibuja como «non gratas».

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No fui a la escuela hasta los seis años, así que mis lecturas iniciales fueron los cómic de mis hermanos mayores, que era lo único que había en casa para leer: El Jabato, El Capitán Trueno, 13, rue del Percebe, Mortadelo y Filemón, Zipy y Zape, Tintín, o la mítica publicación española Dossier Negro con sus terroríficas historietas como las de Yo, vampiro.

No creo que mis primeros proveedores de «material lector» estén al tanto de que sus «otras lecturas» también pasaron por mis ávidas manos. Esas revistas XX que ellos guardaban debajo del colchón de la cama y que yo no tardé en descubrir. ¿Me llegaron a traumatizar debido a mi corta edad? Al parecer no, ya que mis proezas amatorias siempre han sido imaginativas y satisfactorias, pero sin salirse de lo que se puede considerar «normal» o, ¿no? Je, je, je.

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Como dije anteriormente no me llevaron al colegio hasta los seis años. Allí encontré un lugar fascinante al que me escapaba siempre que podía, la biblioteca. La maestra encargada de este espacio, al darse cuenta de como me cautivaban los libros, me ofreció el puesto de «ayudante de biblioteca», cuya labor era la de ordenar las obras o de prestarlas a mis compañeros en la hora del recreo. Dije que sí encantada porque además de leer lo que yo quisiese…, ¡esas pequeñas joyas iban a estar bajo mi custodia! Desde entonces la escuela tomó otra dimensión, ya que ésta guardaba un tesoro y yo era quien lo custodiaba.

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Fue una locura poder escoger el libro que yo quisiera y poder llevármelo a casa. Solía leerlos a escondidas, ya os contaré el por qué en otro momento, y eso aumentaba su valía. El primer libro que devoré fueron Los cuentos de los hermanos Grimm. ¿Qué decir de ellos? Pues que me llevaron lejos de mi realidad, a mundos mágicos dónde los niños tenían que vencer a brujas malvadas que se los querían comer o eran príncipes y princesas que luchaban con el infortunio para conseguir un final feliz. Me hicieron soñar con otras realidades más indulgentes. Después de estos cuentos llegaron los de Perrault y Andersen. Con ellos me enamoré completamente de las letras, de esas hormiguitas negras que podían enhebrar historias asombrosas que me convertían en una súper heroína mientras leía. Seguí con las obras de aventuras y de ciencia ficción de Julio Verne, como por ejemplo: Los hijos del Capitán Grant, Viaje al centro de la Tierra, La vuelta al mundo en 80 días, Miguel Strogoff o Veinte mil leguas de viaje submarino.

Sin embargo, la biblioteca de un pequeño colegio de una pequeña aldea andaluza no estaba abastecida con cuantiosos volúmenes, por lo que en un par de años me los había leído todos y después, me quedé huérfana hasta que pasé al instituto.

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En el posterior periodo «de oscuridad» encontré, por casualidad, en la casa de mi abuela Lola un libro. El único que poseía y que ella no recordaba como había llegado hasta el viejo arcón que había en su habitación para guardar la ropa de cama, Heidi de la escritora suiza Johanna Spiry. Heidi, esa pequeña niña huérfana y medio salvaje, que se va a vivir con su huraño abuelo al que llega a querer muchísimo y que se hace amiga de personajes tan variopintos como Pedro o Clara. Me fascinó desde un principio porque me identificaba con ella. Yo, como esta chiquilla, disfrutaba de plena libertad cuando vagaba por los campos o montañas; me asfixiaba, entre las cuatro paredes de una casa, y anhelaba el contacto de la soledad de los páramos más inhóspitos y umbríos; mis mejores amigos eran un pato medio salvaje, que dejaban engordar hasta la hora de la matanza por los alrededores de la casa y una cabritilla con manchas blancas. Un día desapareció el libro y por mucho que busqué en los armarios, desvanes, pajares, etc., de la casa de mis padres y en la de la abuela no lo volví a ver. Cuando mi hija cumplió cinco años me acordé de él y me entró la necesidad de ir a una librería a comprarlo para leérselo. Ese mismo verano nos fuimos de vacaciones a Suiza para que Laia pudiera ver «in situ» la casa del abuelo de Heidi en Maienfeld. No sé quién disfrutó más si ella o yo. Está claro ¿no?

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En el instituto el primer libro que tuve que leerme «obligatorio» fue El Quijote. Si hoy en día algún profesor mandase a sus alumnos leerse esta obra creo que peligraría su integridad física. A mí, sin embargo, me encantó. Tuve que volver a releerlo porque no quería perderme ningún matiz. La segunda lectura me entusiasmó e, incluso, hubo una tercera vez, ya como estudiante en la Universidad, que me arrebató. ¿Cómo no volverse loca, una lectora empedernida, leyendo sobre un hidalgo que se trastorna por la lectura de libros de caballería? Ahí queda

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Entrar en la edad adulta hizo cuestionarme la existencia de todas las cosas: la amistad, el amor, la vida, la muerte, el bien y el mal, etc. Para intentar encontrar respuestas a todas las dudas que me inquietaban recurrí a La Biblia. Había leído tantas veces que estudiosos, existencialistas y demás habían encontrado respuestas en ella, que me embarqué en mi propia interpretación de estas «palabras divinas». He de reconocer que me dejaron más fría que un témpano. A veces me indignaron y en otros momentos me «enrabiaron» por su latente misoginia, sobre todo el Antiguo Testamento. Confieso que no me dejaron indiferente, pues me entró el gusanillo de seguir profundizando en la RELIGIÓN, así que eché mano del Corán y de otros escritos árabes sagrados. Si he de ser completamente sincera éstos me gustaron más, pero tampoco consiguieron apagar la inquietud de mi espíritu atormentado. Por último, encontré una recopilación de textos relacionados con el hinduismo que me parecieron tan poéticos que me extasiaron, aunque no pasó de ser una simple lectura de textos bellísimos. A partir de ahí, no quise seguir recorriendo ese camino místico improductivo y cargado de metáforas vacuas que no pueden sanar corazones heridos. La experiencia vital me ha demostrado que éstos sólo sanan con las caricias materializadas de familiares y amigos que nos amen, pero no por el fervor hacia unas ideas abstractas.

La etapa universitaria resultó muy productiva en cuanto a las lecturas. Los clásicos españoles, ingleses, alemanes, franceses, rusos e italianos entraron en mi vida y ya no han vuelto a salir. Fui siglo a siglo desde el XIII al XIX. Todos ellos ensartaron un precioso collar de perlas, que siempre llevo puesto y que me acompaña protegiéndome como si se tratase de un valioso talismán. Por enumerar algunos: La Celestina, el Decamerón, Los cuentos de Canterbury; el teatro de Lope, de Shakespeare, de Moliére; la poesía de Quevedo, de Petrarca;  obras tan dispares como El paraíso perdido o Gargantúa y Pantagruel;  novelas como Madan Bovary, Anna Kanerina, La Regenta, La dama de las camelias, Los Miserables, La Cartuja de Palma o Blanco y negro; Las obras completas de Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán, Blasco Ibáñez, Zola, Balzac, Tolstói, Dostoyevski, Poe, Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud, Verlaine y un larguísimo etcétera.

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Mención aparte merece la obra Los miserables de Víctor Hugo, pues si tuviera que elegir uno de entre las miles de lecturas que han pasado por mis manos, sin duda, ésta sería la distinguida. En la novela se ve reflejada la voluntad constante por querer ajustarse al ideal de lo que debe de ser. No importa lo que se tenga que hacer para conseguir ser justo, aunque éticamente lo que se va a acometer es lo contrario de lo que se pretendía. Es la lucha entre el bien y el mal. Es la crueldad del ser humano rayando la locura y a la vez el amor del ser humano al máximo exponencial. Guardo una anécdota muy graciosa de este libro. Lo estaba leyendo en casa de mis suegros, en una de mis visitas cuando Jorge y yo éramos sólo novios, en la habitación de Jorge y mientras él estudiaba a mi lado. Estaba tan embebida en la lectura que «vivía» intensamente los pasajes más tristes, por lo que estaba llorando como una Magdalena cuando mi suegra entró, sin llamar, a traernos unos colacaos y unos bizcochos para que merendáramos. La pobre mujer se quedó de piedra ante mis hipidos, no paraba de mirarnos a Jorge y a mi sin entender, o, entendiendo que nos habíamos peleado y por eso aquel cuadro. Cuando me di cuenta del apuro por el que estaba pasando intenté explicarle que estaba llorando porque leía un pasaje muy triste, pero no sé si llegó a creerme.

En cuanto a los escritores del siglo XX tengo el placer de haber disfrutado de autores como: Delibes, Umberto Eco, Vázquez Montalbán, Kafka, los poetas de la Generación del 27, Gabriel García Márquez, Agatha Christie, Tolkien, Jack London, Virginia Wolf, Margerite Duras, Dos passos, Borges, Cortázar y podría seguir y seguir, pero entonces esta entrada se haría demasiado aburrida.

A partir de ahora me ceñiré a unos cuantos títulos que han significado o marcado algún momento de mi vida, desde una década atrás hasta la actualidad.

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El túnel, de Sabato, porque con un trabajo de investigación que hice de esta obra me pusieron una matricula de honor en la asignatura de Literatura hispanoamericana. Además de porque es una novela truculenta, de las que me gustan a mí, que analiza la personalidad atormentada de un pintor solitario que cree haber encontrado en una joven a su alma gemela, pero a la que acaba asesinando por no poder poseerla completamente, ya que ambos discurren por dos túneles entrecruzados y separados por un cristal.

“Y era como si los dos hubiéramos estado viviendo en pasadizos o túneles paralelos (…), para encontrarnos al fin de esos pasadizos, delante de una escena pintada por mí como clave destinada a ella sola, como un secreto anuncio de que ya estaba yo allí y que los pasadizos se habían unido y que la hora del encuentro había llegado”.

“¡Qué estúpida ilusión mía había sido todo esto! No, los pasadizos seguían paralelos como antes, […] toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida”.

El cristal es una metáfora de la soledad, el amor, los celos y la existencia del ser humano como ser social.

“Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles (…). Y entonces, mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad”.

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Es una novela metafísica y psicológica que, incluso, intenta atrapar al lector en un juego maquiavélico para que acabe justificando el asesinato de la joven y convirtiendo en victima al verdugo.

“Un día la discusión fue más violenta que de costumbre y llegué a gritarle puta. […], corrí a pedirle perdón, vi que su rostro estaba empapado en lágrimas. (…), le pedí perdón con humildad, lloré ante ella (…). Y eso duró mientras ella mostró algún resto de desconsuelo, pero apenas se calmó (…), empezó a parecerme poco natural que ella no siguiera triste: (…) era sumamente sospechoso que se entregase a la alegría después de haberle gritado una palabra semejante (…), a menos de haber cierta verdad en aquella calificación”.

Leí en una entrevista que le hicieron a Ernesto Sabato que sus obras le parecían tan «terribles» que, las que tenía en casa, las había escondido para que no pudiesen leerlas sus hijos. Tanto El túnel como Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador son obras de «culto», que crean opinión y mezclan la realidad y la ficción con un virtuosismo asombroso. Están cargadas de un alto contenido intelectual y marcadas por una problemática de raíz existencialista.

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Como me enganché, en la facultad, a la Literatura Hispanoamericana y después de licenciarme en Filología Hispánica no sabía cuando iba a empezar a trabajar decidí hacer un doctorado. En la «tesina» me decanté por la figura del escritor peruano Bryce Echenique por dos razones: porque era amigo del que sería mi tutor en la tesis doctoral y, por lo tanto me podría poner en contacto con él para que lo entrevistara, porque el primer libro que leí de él me gustó mucho, La vida exagerada de Martín Romaña. Bueno, no llegué a hacer la Tesis doctoral porque me puse a trabajar antes de empezarla, pero sí que hice la tesina y me leí toda la obra de Echenique. Incluso llegué a escribirle un correo, ¡al que contestó! Ahora que no me lee nadie (guiño un ojo) debo de reconocer que no es un escritor de culto, como por ejemplo Sabato, pero es entretenido.

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¿Qué decir de la serie de novelas Millenium? Magníficas. Las leí compulsivamente y me enamoré de Lisbeth Salander.

Estando embarazada Jorge me regaló Un milagro en equilibrio de Lucia Etxebarria. No es para tirar cohetes, pero a mí me sirvió para reírme de mis neuras de embarazada y para afrontar con un talante divertido la nueva etapa en la que estaba a punto de entrar.

Una compañera y amiga del trabajo me recomendó 6666 de Roberto Bolaño. ¡Sacrilegio! ¡No conocía a este autor! Es inexplicable que con lo que me gusta leer NUNCA hubiese caído en mis manos una obra suya. Tengo que agradecerle a Raquel que me diese a conocer a uno de los escritores más influyentes de la literatura en lengua española. Gracias a ella pude disfrutar no sólo de esa magnífica y espeluznante novela, sino de otras de sus obras como por ejemplo la de Los detectives salvajes.

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No siempre he leído volúmenes «sesudos» o de alta calidad literaria, a veces, me doy pequeños homenajes de literatura «liviana». Un ejemplo sería Al llegar la primavera de Milly Jonson. Para que os hagáis una idea, la historia es la de una mujer «esposa sumisa» que un día se da cuenta de que está completamente anulada. Al mismo tiempo cae en sus manos una revista en la que lee que es muy sano hacer limpieza de trastos en casa. Y ahí la ves a ella haciendo limpieza general y yo emulándola sin darme cuenta. ¡Me deshice de todo lo que había medio abandonado en cajones, armarios, etc.! La protagonista también deja a su marido. ¡Eso sí que no! ¡A mi Jorge ni tocarlo!

Lo quiera o no tengo que ir acabando, así que voy a rematar hablando de una obra y un autor.

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La Delicadeza de David Foenkinos es una novela que enamora. Súper positiva y de esas que puedes regalar a cualquiera porque seguro que le va a encantar. Pura «inteligencia emocional». No es ninguna obra maestra, pero no necesita serlo, ya que puede llegar a enganchar a muchos lectores con la «delicadeza» que irradian sus palabras y con una historia inteligencia y sensible.

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Juego de Tronos de George R. R. Martín. Si os estáis preguntando si «esa serie» es un libro…, pues sí. Antes de llegar a ser la «serie de moda» fue un libro de fantasía dirigido a una minoría. Normal que todo el mundo se haya enganchado a la serie porque la verdad es que está bien hecha, sin embargo el libro es más. Esta saga podríamos decir que está ambientada en una época medieval y que lo tiene todo: intriga, aventuras, fantasía, personajes muy bien construidos, etc. Cayó un tomo tras otro en un periodo relativamente corto. Comía con el libro, me acostaba de madrugada, no me apetecía salir de casa, etc. Una abducción total.

Me da pena dejar el tema porque son tantos los libros que amo que podría enrollarme eternamente, pero si pretendo que me sigáis leyendo tengo que ser más escueta y dinámica.

Un último apunte¡Disfrutad leyendo Cookies Girls!

 

 

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