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Pensar en diez razones por las que te amo es tan fácil que apenas me llevará un momento expresarlas por escrito.

Primera. Entraste en mi vida por casualidades del destino, pero en un momento en el que iba a la deriva como cascarón de navío abandonado en alta mar. Fuiste el ancla que sujetó mis vaivenes, las velas y el viento que las inflaba haciéndome avanzar, el timón que gobernó la embarcación y derivó el rumbo hacia puertos más seguros y el catavientos que se cercioraba de que mi navegación fuese la adecuada.

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Segunda. Me has regalado instantes tan románticos como cuando te pasaste una noche asaltando jardines privados y públicos para coger flores que pegaste con cinta adhesiva a mi puerta, hasta que ésta estuvo totalmente cubierta. Tendrías que haber visto la cara de bobalicona que se me quedó, a las ocho de la mañana, al salir de casa para ir a la Universidad y encontrarme con esa explosión de colores. En el centro de este precioso «cuadro floral» había una notita en la que se podía leer: «La flor más hermosa de todas ellas la llevo en el corazón. ERES TÚ». Días después volviste a sorprenderme con otro mega-detalle. Fuiste a acompañarme a la estación de autobuses porque iba a pasar las fiestas de Navidad en casa de mis padres. En esa fechas pensaba hablarles por primera vez de ti. Llevabas unos folios enrollados, pero con la tristeza de la separación no te pregunté por ellos. El conductor encendió el motor del autobús y tuve que subir. Nos despedimos con un beso apasionado, tal como el del marinero y la enfermera en Times Square. Me senté, te busqué y allí estabas tú detrás del cristal, en la acera, esperando mi partida. Me miraste, sonreíste, desplegaste poco a poco los folios blancos que llevabas, sacaste algo de tu bolsillo y, cuando el conductor cerró las puertas, te pusiste rápidamente a pegarlos en las ventanillas del autobús.  Te dio tiempo a fijar tres antes de que el vehículo se pusiera en marcha. La gente se percató de tus maniobras y empezaron a reírse y a intentar leer lo que ponían. Sólo me dio tiempo a otear dos de estas hojas. La que tenía en mi ventana: «Te escribiré y te mandaré una carta todos los días. Hazlo tú también para que la distancia no pueda arrebatarnos el calor de nuestro amor». Y la de la ventana del asiento de atrás: «Te quise aún cuando sólo eras un deseo, te quiero ahora que eres tangible y te querré incluso en la nada y el más allá». Los otros mensajes no los pude leer porque, con el autobús en marcha, la tercera hoja que consiguiste adherir se despegó. Las personas que viajaban en este transporte se dieron cuenta que era yo la destinataria, me había puesto roja como un tomate y sonreía como un arlequín, por lo que me felicitaron a gritos y me animaron a que siguiera con ese simpático chico por los «arreos» y la imaginación que tenía. Hace mas de quince años los jóvenes no poseíamos móviles, no todo era tan fácil y rápido como ahora que puedes mandar un whatsaap o un Line cada pocos segundos, Sin embargo, es tanto el deleite que siento cuando releo las cartas que nos enviábamos en nuestras forzadas separaciones, que me alegro de haber vivido aquella época epistolar. Son un buen puñado y están a buen recaudo. Espero que nuestra hija Laia llegue a leerlas y así nos alcance a conocer un poco más. No como padres que pueden ser un poco pesados a veces, sino como dos amantes que se añoran y se consuelan con miles de palabras escritas en secreto y a horas intempestuosas.

Tercera. No llegaste a utilizar la frase «te quiero» con tanta ligereza como puede parecer tras leer lo anterior, sino que te hiciste de rogar, pero esa también es una razón para amarte. Al mes de conocernos y tras unos tórridos momentos te solté, así sin más, que te quería. Esperé, acurrucada en tu pecho a que me correspondieras con lo mismo, pero ni te inmutaste ni dijiste esas dos palabras. Pasaron minutos, oí tu respiración cambiar y relajarse como preámbulo al sueño y, nada de nada, no pronunciaste lo que tanto anhelaba. Recordarás como al día siguiente te monté un «pollo» que no veas. Me enfadé tanto…, que chillé que no te quería volver a ver en mi vida; que por qué no me podías decir que me querías; que eras un niñato que no valoraba mis sentimientos, etc. Tú me contestaste que sólo podrías decírmelo cuando realmente lo sintieses; que te gustaba mucho: que no me enfadase porque no querías perderme; que me deseabas a todas horas, etc. Tanto halago acabó con mi histeria emocional y pudimos continuar con nuestra relación. Ésta había sido tocada, pero no hundida. Tardaste lo tuyo en mirarme a los ojos y en susurrarme ese «Te quiero». Once meses, más el mes que ya llevábamos saliendo, un año gustito. Ni calculado. Eso si, cuando lo expresaste no cabía duda de que realmente lo sentías. Me lo has demostrado todos los días, de todos los años, que llevamos juntos. Ojalá no le diga ningún chico a nuestra Laia que la quiere sin sentirlo de verdad. Las palabras se devalúan con mucha facilidad cuando se usan como un comodín más.

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Cuarta. Nunca pensamos en casarnos, porque «no iba con nosotros». Nuestra fe se ha quedado rezagada y escondida en algún recodo del camino recorrido en nuestras vidas. Cuanto más hemos leído, experimentado, sufrido, etc., más lejos la hemos dejado. Así que, no entraba en nuestros planes una boda ni religiosa, ni civil, ni simbólica… Teníamos muy claro que seguiríamos juntos mucho tiempo sin necesidad de papeles o promesas de por medio. Un día me pediste que subiera al coche porque me ibas a llevar a un lugar muy bonito del que te habían hablado y, al final, coronamos el cerro más alto que había en los alrededores de donde vivíamos entonces. Las vistas eran extraordinarias, bellas, majestuosas, solitarias y románticas. Por un lado, teníamos una panorámica preciosa de todo el valle, y por el otro lado, divisábamos un impresionante macizo montañoso nevado. Allí, sacaste de tu bolsillo una cajita de terciopelo negro, te arrodillaste y me pediste que me casara contigo. Aquel día no me entregaste un anillo de oro blanco con pequeños brillantitos, sino la promesa cumplida, de una dulce y a la vez apasionada vida a tu lado. Qué podía decir…, aunque jamás lo hubiese pensado, necesitado, soñado… Pues lo que grité mientras pegaba saltos de alegría fue… ¡¡¡Sí!!!

Quinta. Me has regalado una segunda familia. Un padre extravagante, una segunda madre dulce, cariñosa, inteligente y muy prudente, unas hermanas maravillosas y unos cuñados zalameros y encantadores.

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Sexta. De estudiantes hablábamos de todos los lugares donde iríamos, pero por mucho que se empeñe Wert en creer que los estudiantes y sus familiares están forrados, por eso recorta las becas, la verdad es que esos viajes eran sólo sueños de jóvenes con inquietudes pero sin un «duro» en el bolsillo. Sin embargo, nos licenciamos, encontramos relativamente pronto un trabajo y hemos podido escaparnos a esos recónditos lugares del mundo que tanto nos fascinaban cuando veíamos sus fotografías en los libros, las revistas o la televisión. Esta razón para amarte es por preparar tan minuciosamente cada detalle de nuestros viajes, propiciando que yo sólo tuviese que sentirme «aventurera», «exploradora», «arqueóloga», etc., de esos estupendos destinos: Escocia, Bélgica, Holanda, Francia, Inglaterra, Alemania, suiza, Marruecos, Croacia, Grecia, Italia, Portugal, etc. El próximo destino… ¡Saltar el charco! ¡Good Morning América!

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Séptima. Siguieron pasando los años y de pronto el reloj biológico se despertó. Ni siquiera tuve que proponértelo. Nuestra conexión es tan fuerte que surgió sin más, sin necesidad de demasiadas palabras. Sólo: excitados susurros, en la cama, comentando la nueva aventura que íbamos a emprender, risitas tontas y miradas melosas, en público, que guardaban nuestro secreto y caricias infinitas con un proyecto de futuro. Laia. Después a disfrutar de esta creación consecuencia de nuestro amor. No necesitamos más. Ella y nosotros. Un triángulo completo y perfecto.

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Octava. ¡Cuánto me he reído contigo! Los que te conocen puede que te vean como un chico serio y poco hablador. Incluso, una vez, me dijo una gran señora, la ancianita encantadora del estudio de treinta metros cuadrados donde vivimos un año, que eras «un hombre de los de antes». Como no sabía muy bien a que se refería, le pregunté que por qué lo decía y me puntualizó lo siguiente: «es correcto en todo momento; habla en voz baja y con prudencia; se nota que es sincero siempre; no creo que este chico mienta nunca; trata con respeto y amabilidad a los que le rodean…  En fín, es un caballero como los de antes». Era una señora sabia y con la experiencia de una larga vida. Todos estos años me han demostrado que esta definición te viene como un guante, pero también eres un genio a la hora de hacerme reír: me mandas mensajes románticos o divertidos cuando menos me lo espero; me preparas veladas sorpresa; me dices que estoy preciosa cuando yo me veo horrorosa; creaste la tradición familiar de celebrar también las cosas malas que nos pasan como enfermedades y operaciones quirúrgicas, problemas en el trabajo o económicos, etc.; grabas mi música favorita para que la escuche cuando voy al trabajo; rellenas todos los papeles burocráticos que a mí me da tanta pereza hacer; apoyas mis decisiones y no criticas mis defectos ¡¡¡qué son muchos!!!; siempre he sentido lo orgulloso que estás de mí; me haces fantásticos masajes en todas las partes del cuerpo; compartes mis locuras; te alegras de mis logros y me animas en los nuevos retos; me haces mil fotos, aunque te dé pereza, hasta que considero que has hecho la foto perfecta que subo después a Facebook o Instagram y así…, infinitas formas de hacerme sonreír y feliz.

Novena. Por cuidarme en la salud y en la enfermedad, en lo bueno y en lo malo y, si tú SIEMPRE quieres, hasta que la muerte nos separe.

Décima. Por ser tú y elegirme a mí.

Soy una afortunada Cookie Girl.

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