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Se me ocurrió escribir esta entrada sobre las «mujeres malditas» que han influido en mi vida, o he conocido, al escuchar el programa de Radio 5 que se denomina así y que es altamente recomendable. Esta emisión radiofónica está dirigida por Valle Alfonso. En ella se comenta el perfil psicológico de la vida y obra de mujeres que sobresalieron en alguna parcela -literatura, escultura, pintura, música…-, pero que fueron estigmatizadas por la sociedad y época en las que les tocó vivir. Ese fue el precio que tuvieron que pagar por intentar ser dueñas de sus propias vidas.

Mis «mujeres malditas» son mujeres anónimas, que sólo serán recordadas por sus allegados y que no tardarán en ser completamente olvidadas. Puede que su recuerdo no se perpetúe más allá de unas cuantas generaciones.

Empezaré con una mujer muy carismática, inteligente pero analfabeta, con una personalidad muy fuerte, aunque no sobrepasase el metro y medio, y tristemente odiada por las personas, que estoy segura, ella más amaba. Mi abuela Lola.

A los ocho años de edad su padrastro, un hombre alcoholizado y agresivo, se la quitó de en medio poniéndola a servir. Me da escalofríos imaginármela con esa edad haciendo labores tan escabrosas o duras como vaciar orinales, fregar el suelo de rodillas con una bayeta, limpiar y alimentar a una anciana en estado vegetativo, etc. Además todo ello aderezado con empujones, palabras crueles y despreciativas, mala alimentación y otras miserias que le infligían sus «amos».

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La historia podría ser diferente, pero es esta la que ella me contaba con sus bellos ojos azules inyectados en sangre y un rictus de repugnancia en los labios. No creo que sus recuerdos estuviesen dramatizados por el tiempo, sino que ella los mantenía candentes en su memoria para no olvidar lo que soportó y como justificación al egocentrismo exacerbado con el que construyó una muralla infranqueable, respecto a mostrar los sentimientos, años después.

Son muchas las personas que a pesar de sufrir algún trauma en su niñez o adolescencia logran superarlas. No creo que mi abuela Lola lo consiguiese. Las situaciones que tuvo que vivir desde los ocho hasta los veinticuatro años, en que dejo de servir y se casó con mi abuelo, minaron su resistencia y marcaron su personalidad. Se creía más inteligente que todos los que la rodeaban, aún siendo iletrada (no sabía leer ni escribir); mostraba una gran falta de empatía hacia los que se dejaban llevar por los sentimientos; era hipersensible a cualquier ataque a su persona y eso podía producir una hecatombe, porque no olvidaba jamás una ofensa y solo descansaba cuando había conseguido vengarse; en público solía mostrarse como alguien sonriente y agradable, pero en privado, de cara a su familia y amigos más íntimos se convertía en una verdadera tirana; manipulaba a los más débiles e intentaba que los demás fuesen más desgraciados que ella.

Creo que a la única persona que realmente amó fue a mi abuelo, pero que nunca le perdonó que muriera de un cáncer en el estómago antes que ella. Mi abuelo Máximo falleció a los 51 años y mi abuela Lola a los 96 años.»

No permanecieron juntos todo el tiempo desde que se casaron hasta la muerte del abuelo, sino que también se separaron varios años por la Guerra Civil española. Primero, porque llamaron al abuelo al frente para combatir en el bando republicano, después, porque ambos pasaron años en la cárcel tras la guerra. La abuela dos años por «roja» y anticlerical y el abuelo cuatro años por haber combatido en el bando perdedor. Lo condenaron a más años, pero mi abuela se «arrastró» ante todos los de «derechas» del pueblo para que intercedieran en su liberación. Puede que fuese el único acto de doblegación, posterior a su época de sirvienta, que hizo en su vida. Jamás volvió a repetirlo, ni por ella, ni por sus hijos o nietos. Sin embargo, por el abuelo sí lo hizo, porque lo amaba, porque se sentía adorada por él y tal vez, porque fue quién la sacó de la casa de los «amos» regalándole las palabras más hermosas y deseadas por su corazón herido: «nunca más volverás a servir en la casa de nadie, desde hoy serás la dueña y señora de tu propio hogar».

Ni que decir tiene que la abuela fue la que ordenaba y mandaba en casa de los abuelos. El abuelo Máximo sólo se atrevió una vez a enfrentarse a ella. En una disputa (ella nunca me quiso contar porqué fue) él se enfadó tanto que le pegó una bofetada y ella rayando en la locura y con el corazón destrozado, no porque le hubiese dolido el golpe sino porque su ancla en la vida se hubiese atrevido a dárselo, le dijo: «Si lo vuelves a hacer te mataré». No volvió a ocurrir.

A ella no le gustaban los niños. Se enfrentó a las presiones sociales que le exigían una maternidad que no deseada. Al final sucumbió y tuvo dos. Uno no deseado, pero se negó a tener más. Le costaba mucho tener que sacrificar el tiempo que dedicaba a sus quehaceres del hogar,  a su marido, etc., por unos hijos desagradecidos que no acataban sus normas y que sólo le traían quebraderos de cabeza.

Cuando esos hijos crecieron la relación con ellos fue empeorando, pues ejercía un control opresivo en todo lo que hacían. Sobre todo en lo relacionado con sus amistades o sus relaciones amorosas. Nunca eran lo bastante buenas para sus hijos ya que, ellos como apéndices de ella, estaban por encima de esas parejas o amistades. Mi padre siempre nos contaba que había querido mucho a una vecina, haciendo rabiar a mi madre, y que la abuela había hecho mil subterfugios para que esa relación no llegase a buen fin. Él estuvo a punto de fugarse con esa chica que le gustaba, pero la joven en el último momento no quiso hacerlo. Años más tarde le comentó que no se fue con él porque pensó que podría llevar en los genes la “maldad” de su madre y que podría hacerla muy infeliz.

Deseaba para sus hijos parejas débiles, a las que ellos pudieran manipular, y por eso no cejaba en su empeño, ya fuese enemistándose con los padres de esas chicas que no le gustaban o humillándolas con ataques verbales malintencionados. Todo esto provocaba peleas monumentales en casa de los abuelos. La abuela cada vez era más intransigente con sus hijos y el abuelo se iba consumiendo poco a poco por su enfermedad, por lo que apenas si participaba en estas trifulcas, sin embargo iban minando su paz interior y por lo tanto su fuerza para seguir luchando.

Mi tío Miguel se casó con una mujer autoritaria, tirana como mi abuela, en contra de la voluntad de esta. Después de la muerte de su padre sólo visitó a su madre esporádicamente, porque las mujeres más importantes de su vida se odiaban como la serpiente odia la sombra del águila. Mi padre se casó con una mujer débil, como quería la abuela, y se quedaron a  vivir en el pueblo. Por ello, la abuela Lola pudo meter baza en la relación del joven matrimonio desde el principio.

Mi madre derramó muchas lágrimas por esa intromisión, que se vio incrementada a la muerte del abuelo. Desde ese instante no había nadie que pusiera freno a su negatividad y pesimismo. Todo tenía que ser como ella dijese o un vendaval arrollaría nuestras vidas. Digo nuestras, porque los nietos fueron llegando y lo que para otras abuelas era una fuente de dicha, para ella consistía en: «Siempre andáis sucios», «No toquéis eso», «¿Es qué vuestra madre no sabe criaros? ¡Maleducados!», «Una hija mía nunca iría vestida de esa forma», «eres muy delicado con la comida, si fueses hijo mío», etc. Constantemente en alerta, buscando cualquier resquicio en la pareja para interceder como «ave de rapiña» y tomar partido por su hijo. Mi padre enajenado por la relación tan tumultuosa que había tenido siempre con ella y por la llegada de los agobios monetarios de la pareja; el nacimiento de cinco hijos; los múltiple problemas en el trabajo, etc., se dejó llevar por sus manipulaciones y se volvió contra mi pobre madre.

Mi madre llegó a odiarla como nunca había odiado a nadie. Su impotencia hacía que no se pudiese contener delante de nosotros y nos hacía participes de su enemistad. De pequeña llegué a tener miedo de la abuela, solo cuando fui mayor y entendí por lo que había pasado en su infancia, en la Guerra Civil y demás, dejé de juzgarla tan duramente y sobre todo pude perdonarla. Sin embargo, era cierto que infravaloraba a su nuera y que siempre estaba armando jaleo. El ambiente en casa, en parte por su culpa, estaba siempre al límite y deambulaban por ella la tristeza y la desesperación, los gritos y los insultos, la rabía y la autodestrucción…

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Otras faceta de la abuela Lola eran sus «premoniciones». Siempre negativas y que asustaban a la gente del pueblo. Por ejemplo, sabía cuando iba a fallecer alguien que estuviese moribundo. Ella lo llamaba un «don», los del pueblo «brujería». Este nuevo aspecto en su biografía surgió, también, a raíz de la muerte de su esposo. Después de visitar a un enfermo llegaba a casa diciendo cuando iba a morir y muy pocas veces se equivocaba. También le dio por hacer «cocimientos de hierbas» inofensivos, pues casi siempre estaban hechos con hierbas digestivas a las que le añadía miel. Sin embargo mi madre tiraba los «aguachirris», como los llamaba ella, porque creía que su intención no era que mejorásemos de nuestro constipado, sino envenenarnos. Empezaron a llamarla «Lola la curandera» por esta razón y porque se hizo especialista en curar «las culebrillas» (herpes zoster. Infección causada por el mismo virus que causa la varicela).

Siendo niña vivía fascinada por «su magia» y le pedía una y otra vez que me dijese como lo hacía, pero ella me miraba desde su fantasioso mundo interior y se negaba. Una tarde de confidencias en la que la pillé algo receptiva me lo contó:

«Se toman dos ramitas verdes de un olivo y se ponen en un platillo que tenga un poco de agua mezclada con alcohol de romero. Después se colocan encima de la culebrina haciendo una cruz y al mismo tiempo se dice este rezo: Yo iba por un caminito, me encontré con San Pedro, me preguntó que tenía y contesté que cobrero. «¿Con qué se curaría?».  Respondió San Pedro: «con agua de la fuente y rama de romero». Esto hija mía hay que hacerlo durante tres veces y durante tres días y casi siempre se curan si tienen fe en el tratamiento».

Me quedé helada, por lo de San Pedro y la fe, ya que ella siempre había sido anti-curia y cuando nos bautizaron nuestros padres o en la Comunión ella siempre esperaba en la puerta de la iglesia a que terminara la «función». No se me ocurrió decirle nada al respecto, ya que no quería que aquel momento de revelaciones fuese el último por mi indiscreción

Las almas de los difuntos también empezaron a visitarla en sus largas noches de insomnio. Por la mañana desfilaba hacia nuestra casa con los ojos hinchados y grandes ojeras. Nos asustaba diciéndonos que el espíritu de tal o cual muerto había estado moviendo su cama, tirando de las mantas y correteando su sombra por la alcoba en la que dormía. Pasó mucho tiempo hasta que pude entrar en esa habitación sin sentir como se me erizaba el vello de los brazos, pues la creía llena de monstruos terroríficos que podían arrastrarme con ellos al averno.

Imagino que ella se inventaba todo ese mundo «sobrenatural» porque quería huir de una realidad que le fastidiaba. Su identidad se había construido alrededor del hecho de haber sido una víctima o una superviviente de la infancia y adolescencia terrible que había vivido, ignorada por su madre y «vendida» por un padrastro al que odiaba. Siempre se centró en sí misma y en el dolor que le infligieron. Nunca llegó a superarlo. Dentro de esa soledad se fue endureciendo: «sufrí mucho», «he tenido que soportar cosas terribles». Por un lado deseaba ser una mártir al que todos deberían admirar por haber padecido tanto y seguir viva, y por otro lado se avergonzaba de las penosas experiencias vividas. Quiero pensar, para que su «maldita» existencia tenga sentido, que el dolor sufrido era tan grande que le impedía ponerse en la piel de otras personas o vivir la vida con positividad. 

Murió en casa del tío Miguel. Acompañada, pero sola. Toda la vida estuvo a unos escasos metros de mis padres, sin embargo en sus últimos momentos no la quisieron cerca. Los últimos años de vida de la abuela Lola, mi madre consiguió desembarazarse de ella. Le dio un ultimátum a mi padre: «O ella o yo». Por fin se  enfrentaba a sus miedos e inseguridades y obtuvo de mi padre la ruptura filial que tanto deseaba. El tío Miguel convenció a su mujer y se llevaron a la abuela a vivir con ellos. Esa mujer «maldita» se fue encogiendo, se hizo más pequeñita aún de lo que era y toda su “grandeza” fue arrollada por otro huracán desaforado como ella. Mi tía Juana. Apenas vivió unos meses en la agonía de la sumisión de aquella casa desconocida.

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Descansa en paz.

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