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Fui pionera en la utilización de las redes sociales, entre mis amigos, pero creo que también voy a ser de las primeras en desengancharme de ellas. ¿Por qué? Ufff, demasiados malos rollos.

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Facebook me atrapó enseguida porque me mantiene en contacto con amigos y familiares que viven lejos. Desde los catorce años mis cambios de residencia han sido constantes. He habitado en varios pueblos de Gerona, de Barcelona, de Jaén, en las ciudades de: Granada,  Sevilla, Cádiz, Málaga, Almería, Huelva, Madrid, Londres y en algún otro lugar de cuyo nombre no quiero acordarme. Hace unos años me «apalanqué» en un pueblecito a orillas del mar y creé un «nido» con polluelo incluido. Sin embargo, aunque en este lugar soy feliz, de vez en cuando, añoro mis años de nómada.

Facebook me permite seguir manteniendo cierta relación con todos aquellos que se han cruzado en mi camino y, que de una forma u otra, han significado algo para mí. Los problemas surgen en esta red social cuando subes algo a tu muro porque, como es lógico, todo el mundo puede opinar sobre ello. Una de mis trifulcas sobrevino por una chorrada. Un día hice comentarios «flower Power» sobre la amistad de un grupo de chicas con las que me reía mucho. Bien, parece algo inocente, ¿verdad? Pues no veáis lo que se montó. Uno de mis contactos que se sentía marginada por ese  grupo, empezó a machacar las buenas vibraciones que a mi me daban y lo hizo en… ¡¡¡¡mi muro, mis comentarios!!!! Toda la mala leche y el rencor que sentía hacia ellas parecía que lo dirigía hacía mi persona. Como era consciente de que nada de aquello iba conmigo, le dije en un mensaje privado que dejase de juzgar de esa manera en… ¡mi muro!, ¡mis comentarios! ¿Me hizo caso? Para nada. Así que, también por un privado la mandé a la mierda. Le sentó fatal. Normal. Acabé borrándola de mis amistades de Facebook y no nos hemos vuelto a dirigir la palabra, aunque nos encontramos todos los días en el estanco, en la panadería, etc. El pueblecito donde residimos ambas es muy pequeño. Fijaros que culebrón.

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Pasemos a Twitter. Cuando lo descubrí disfruté como una niña chica con zapatos nuevos. Me servía para estar totalmente informada de la actualidad través de los tweet de Europa Press, El País, Agencia EFE Podía mantenerme al día en moda y cotilleos siguiendo a Vanity Fair, ELLE, Vogue… Me reía a carcajadas con las ocurrencias del actor Paco León o con los puntillazos, «en el bar de Lola», del escritor Pérez Reverte. Me indignaba con los datos terroríficos de ONGs como Amnistía España, MéndicosSinFronteras, Greenpeace… Me llegaba información alternativa a través de periodismohumano, Contra Censura, DecidirNosHaceLibres… Estaba al tanto de lecturas que me podían interesar por medio de ¿QuéLeer? o Lecturalia. De ámbitos distintos también seguía a Divinity, ASALE, RAE, Comprensión Lectora, Instituto Cervantes, etc. Si a todos ellos les sumábamos los Twitter de algunos compañeros de trabajo, más o menos, seguía a unos sesenta. Mis seguidores pasaban de cien, porque tenía entre ellos spam camuflados y a aquellos que sin interesar al personal te siguen para ver sí tú lo haces también. ¿Què ocurre con Twitter? Pues que como herramienta de información está muy bien, pero como herramienta de «Chats» social es un desastre.

En primer lugar, no puedes poner nada un poco comprometido porque en cuanto llegas al trabajo está el aburrido existencial de turno que te dice: «Ayla en twitter has puesto, ten cuidado con lo que comentas porque ya sabes que los jefes nos siguen». Cabreada le digo que: «en Twitter se es libre para poner lo que uno quiera y si a alguien le molesta lo que comunico a través de él, pues que no me siga». Claro que después, en cuanto tienes un momentito, vas corriendo y borras lo que has puesto porque te da un pelín de corte. Así que al final te rayas un montón y realmente no dices todo lo que piensas. Por lo menos eso es lo que me ha pasado a mí más de una vez. Al final acabas simplemente haciendo «Retweet» o RT, es decir, repitiendo lo que otro acaba de decir y que te gustó.

En segundo y último lugar, ¿quién lee tus tweets, sin contar al solitario-enganchado a las redes, que luego va de sobrado? Salvo que seas una celebridad, a la mayoría de los twitteros no nos sigue demasiada gente. Venga poner mensajes intentando no pasarte de los 140 caracteres, estrujándote el cerebro para escribir algo gracioso o interesante para que te hagan un RT y ya puedes esperar sentado. A no ser que subas comentarios relacionado con tus hábitos sexuales o polemices, nada de nada. El acto de twittear recuerda más a gritar en un acantilado solitario o, quizá, mandar un mensaje en una botella que se tira al mar.

Un especialista en datos, Jon Bruner, ha publicado un estudio en el que ha evaluado muchas cuentas escogidas de manera aleatoria y ha medido la relevancia de sus mensajes en la red social. Su conclusión es demoledora y clarita, para muchos egos incluso puede ser catastrófica:

 «La mayoría de los mensajes se ignoran». Entonces ¿Para qué seguir perdiendo el tiempo en algo tan improductivo? ¿Estamos tontos? Sabemos que es un espejismo y seguimos engañándonos una y otra vez. Me dan ganas de acabar esta entrada e ir inmediatamente a eliminar mi cuenta de Twitter.

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Aparte de estas dos redes sociales también soy usuaria de aplicaciones como Foursquare e Instagram. De la primera decir que me aburrí de ella súper rápido, pero que todavía la mantengo en el Iphone. De instagram¡estoy enamorada! Me encanta la fotografía y captar todos los recuerdos que puedo en mí día a día. Es como Facebook pero donde el lenguaje usado son las imágenes. Puedes contactar con usuarios de todo el mundo a través de ese lenguaje universal. Cuando estoy aburrida me pongo a ojear fotos de verdaderos artistas, que me transportan a lugares maravillosos.

De todas las redes sociales mencionadas me quedo con esta última. No obstante, seguiré utilizando todas las demás con asiduidad. ¡Soy una cookie girl que adora conectarse!

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¡¡¡Cookies girls enREDadas!!!

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