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Y tanto que sí.., ¡año nuevo vida nueva! Me propongo hacer borrón y cuenta nueva en el 2014. ¿Qué que voy a hacer para cambiar mi vida? Pues todavía no lo sé, pero lo importante es proponérselo ¿No?

Para empezar el día 31, después de tomarme las uvas con toda la marabunta familiar, me fui de pingoneo con mi cuñada la pequeña y mi cuñado «el francés». Mi Cookie boy, mi chico, dijo que él no tenía cuerpo para ir a patearse las calles de Málaga en busca de garitos donde nos dieran garrafón, que prefería meterse en la cama, aunque las sábanas estuviesen frías como témpanos y tuviese que abrazarse a la almohada y no a mi cuerpo serrano.

La mitad de los adultos de la familia optaron por esa opción. Así que al final los cuñadísimos anteriormente mencionados y yo, en un pis pas, nos encontramos en la Plaza de la Constitución, pegando saltos al ritmo de la orquesta contratada para amenizar esa noche. Los empujones, la montaña de basura abandonada tras el fragor de la celebración de las campanadas y que pretendía engullirnos a cada paso-movimiento de cadera que dábamos, las peleas de mentes obturadas por los efluvios del alcohol, los sobones con regueros de saliva en la comisura de los labios, etc., nos llevó a un estado de lapsus mental, efervescente e iluminado, que nos hizo sentir como «niñitos» veinteañeros aunque pasamos ya de los c…, treinta y tantos. Ejem, ejem.

Cuando el grupo musical tocó la última canción consensuamos seguir nuestro periplo por todas las fiestas de año nuevo que encontrásemos por las callejas del centro de Málaga. Nuestro primer destino fue el Fraggle Rock. Allí nos desmelenamos al ritmo de los 70-80-90. No es que seamos unos fanáticos de lo retro, pero es que era música…, ¡de nuestra época! Ejem, ejem.

A las dos horas salimos sudando como pollos puestos en remojo, en una cazuela de agua caliente, para sus posterior desplume. El siguiente destino fue el Club Atlántic. Sin palabras…, la media de edad de los allí reunidos sería de 18 o 19 años y eso porque nosotros tres la acrecentábamos. Ufffff, tanta testosterona y progesterona disparada nos enfrió de golpe las ganas de seguir de juerga. Ya no sudábamos por los saltos que estábamos dando, sino por los sofocos y las palpitaciones de las hormonas correspondientes a nuestra experimentada edad. Nos entró una fiebre comparativa-voyeur que nos alejó rápidamente de allí, pero no antes de habernos trincado un par de copas y de haber intentado mantener el tipo moviéndonos, como zombis, al son de una música reggetonera.

Sin embargo, todavía lo intentamos en un par de locales más. El primero, estaba lleno y no pudimos avanzar ni un metro más allá de la entrada. En el segundo nos ocurrió la anécdota de la noche. En este el setenta por ciento del personal eran chicos. Uno de ellos, alto, mono, con algunos años menos que yo, pero con una cogorza de órdago, me entró. ¡Sí! Al principio me emocioné y todo. Mi ego se encabritó y dio un salto mortal sin red ¡Gustaba! ¡El mercado del ligoteo se rendía a mis pies! Bueno…, fue bonito mientras duró. Más o menos diez minutos, porque el chico fue pasando del blanco amarillento al verde pálido y si no soy rápida de reflejos me vomita la cena de Nochevieja y las doce uvas en el vestido negro de cuero de Amichi, que llevaba esa noche, o en mis preciosos zapatos rojos de tacón de Pura López.

Sin más ganas de seguir experimentando la movida nocturna, malagueña, del día uno del dos mil catorce, mis cuñados y yo regresamos a donde teníamos aparcado el coche, orgullosos de seguir despiertos a las seis de la mañana. Eufóricos como héroes que han ganado la batalla al cansancio que envuelve a los adultos que están en el ecuador de sus vidas. Pensamos en parar a comernos unos churros con chocolate, pero solo se veían abiertos los negocios de shawarmas y otros por el estilo. Por más que intentábamos alargar la noche, nuestros pies y nuestras mentes nos torturaban recordándonos las acogedoras camas que nos esperaban si volvíamos a casa.

De golpe me entró morriña del cuerpo grandote, acogedor y calentito de mi marido y ya no pude pensar en nada más durante los quince minutos que tardamos en llegar al chalet de mi suegro. Cuando me pegué como una lapa a su espalda y noté su respiración…, me adormecí pensando que este año sería distinto porque en febrero cumplíamos el veinte aniversario de nuestra vida en común. Veinte años y seguimos amándonos como cuando empezamos a salir en el mil novecientos noventa y cuatro. A pesar de que a él se le empieza a clarear el pelo, aunque mantiene esa preciosa sonrisa de pillo con dientes perfectos que me cautivó, y que a mí no se me ve una sola cana durante diez días al mes, aunque el resto de los días…, ¡las raíces me delatan!

Año nuevo vida nueva, pero al lado de Jorge SIEMPRE.

Y en el próximo post…, más, porque yo lo valgo.

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